jueves, 7 de enero de 2016

La magia del magisterio



                                                                               Serafín, maestro de vocación
Si es trillado o no el tema, no importa, cada persona es un mundo y por tanto las opiniones distan demasiado entre unas y otras como para despreciar una cuestión tan importante para el universo, sí, el universo, pues de no ser por los protagonistas de mi escrito no supiéramos siquiera en qué parte de él vivimos.

El latín como siempre nos brindará más claridad sobre el significado de la palabra elegida para nombrarlos en un inicio, magister, que a su vez proviene del adjetivo magis que significa más o más que.

A partir de estos indicios podríamos descubrir al personaje central de la composición, reconocido entre un conjunto de personas por su relevancia, destreza y habilidades adquiridas en los procesos de conocimiento.

Sin dudas, llevar un nombre y más que llevarlo cumplir con él se torna un problema cuando sobre este recae una semántica tan profunda. No es lo mismo que te llamen Rafael o Juan, porque el latín no se encargó de conferirles una propiedad de significado, de modo que para ser magister, magis o maestro hay que tener conciencia de la responsabilidad que ello entraña.

Desgraciadamente no todos han buscado en la etimología de la palabra una guía para ejercer su oficio, aunque sí muchos han logrado darle una definición propia y hasta mejorada al término, le agradezco a la providencia la posibilidad de haber conocido tantos como esos.

Aunque también sé de las clases transmisivas más que participativas, de  los debates cercenados antes de llegar al clímax, de las tertulias literarias en las que se lee más de lo necesario y del ambage durante la mitad del turno, algunas mellas que denigran el proceso educativo en cualquier lugar del mundo.

El ideal de maestro se torna en extremo halagüeño para los alumnos, al contrario de la falta de interés que muchos achacan a estos, porque nosotros, y me incluyo, no queremos más que un amigo inteligente que nos enseñe, no importa cómo.

Adoramos ver la tiza pronunciarse en su cara tal cual un constructor con su mezcla. La magia del magisterio solo puede ser apreciada por quienes lo aman, ellos,  a la vez, son los que logran que otras personas la noten.

Una clase de un buen profesor se convierte en un espectáculo, que pasa tan rápido que ni el receso puede interrumpirlo. Como por arte de magia te envuelve en los trucos que guarda celosamente bajo su manga y te enseña de tal manera que nunca olvidarás lo aprendido, él se ha encargado de crear un conjuro imperecedero.

Ser profesor entraña mucha dedicación, porque es un oficio que no acaba nunca. Los “buenos maestros” siempre estarán ahí, muchas veces distantes en el espacio, pero siempre cerca de nuestros corazones. En ocasiones vendrán a nosotros los recuerdos de alguna de sus clases, de sus chistes, de sus consejos, de las costumbres que heredamos sin permiso, de la ocasión en que un regaño nos oscureció el día o la vez que sin querer le dijimos papá o abuelo en medio de una explicación.

Los “buenos maestros”, los que aprendieron mejor que nadie a llevar una tiza en sus manos con la elegancia del mejor traje, son esos que nunca provocarán la burla de quienes ven sus semblantes embadurnados de polvo de tiza, porque quienes los admiran sabrán apreciar que esa es simplemente la personificación de todas las virtudes dibujada en sus rostros.

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